Hay un acontecimiento en la ciudad de Granada que me había pasado desapercibido los años anteriores y es la feria medieval.
En ella, los alrededores de la catedral se engalanan con atuendos, puestos y demás parafernalia que hunde sus raíces en el Medievo.
Mi amigo y yo estuvimos curioseando por la zona, sin saber exactamente que buscábamos, hasta que dimos con un puesto, en el que un alfarero vendía pequeñas figuras de barro.
En principio, era un puesto sólo para niños, pero, tras hablar con el dueño, muy amable, nos dejó barro para que pudiéramos hacer unas tazas, enseñándonos como ir moldeando poco a poco la arcilla, hasta ir tomando una forma mínimamente parecida a uno de estos objetos.
Así, mi amigo y yo, nos vimos rodeados, poco a poco, de muchos niños, que creían que le íbamos a enseñar a hacer cosas de barro, así que empezamos a coger trozos y los repartimos entre los niños.
Una de las niñas, iba acompañada de su abuelo, un hombre mayor, de arrugas profundas, de gesto amable y por lo que vi, de pocas palabras, pues lo único que hizo fue sonreír y observar con paciencia el trabajo de la niña. Ésta, también me llamó la atención, era morenita, una gitanilla chica, que se afanaba en manejar el barro entre sus dedillos y al rato capté lo que me había llamado la atención.
Su carita tenía pequeñas desfiguraciones, sus labios no se cerraban del todo y tenía algunas pequeñas cicatrices por su rostro, una de sus manitas tenía un dedo meñique en una postura anormal, colgándole como si no tuviera control de él.
Varias sensaciones pasaron por mi cuerpo y mi mente, una impresión por lo inesperado y la inevitable sensación de pena, que hoy en día intento no sentir por los demás.
Cerca de ella había otro niño amasando el barro, este niño, rubio y mejor vestido, se esforzaba en hacer una cesta pequeñita, con huevos y pan, su madre, lo miraba muy de cerca, con un gesto severo, era una mujer de apariencia pudiente, morena, pero de mechas rubias.
Cuando observaba a la niña, esta intentaba hacer un jarrón, me hablaba, pero no conseguía entenderla, no me atrevía a corregirla mucho, pues su jarrón era muy irregular, estaba arrugado y una gran fractura se iba abriendo en él.
El niño ya había terminado su pequeña obra, era eso, una cesta, en la que te puedes imaginar, que las bolitas y los palitos son huevos y panes.
La niña continuaba con su maltrecho jarrón, lo había depositado en la mesa y con sus manitas se puso a amasar un alargado chorizo de barro.
Yo no pude evitar pensar que su jarrón era un desastre, en ese momento, fue cuando hizo magia, metió el chorizo en el jarrón maltrecho y convirtió su obra en un hermoso lirio de barro